Polémica denuncia a Pablo Soto

pablo soto

La lucha encarnizada que llevan las grandes compañías musicales desde hace tiempo contra los programas e usuarios de P2P, ha llegado hasta un programador madrileño llamado Pablo Soto, y al que por vía judicial piden nada menos que 13 millones de euros por la creación de los programas P2P Manolito, Blubster y Piolet.

La verdad es que no me quiero ni imaginar el estado de ánimo del chaval, porque ahora mismo tendría que pasar un buen rato hasta convertir esa cantidad de euros en pesetas y así hacerme una idea de la barbaridad de pasta que le reclaman. Parece que los de la Warner, Universal, Sony-BMG &Cïa, no se han enterado de lo que viene a ser el sueldo medio de un trabajador en España, porque es una cifra record en reclamaciones de este tipo. Pero como a buen entendedor pocas palabras bastan, solo diré que a Pablo Soto lo están convirtiendo en cabeza de turco para amedrentar al resto de programadores que miren de reojo siquiera al desarrollo del P2p.

Pablo se ha defendido argumentando que el simplemente creó el software y que su utilización y lo que se estuviera compartiendo es asunto de los usuarios. Desgraciadamente no sé hasta qué punto le servirá esta alegación, pero desde luego hace tiempo que tengo claro que sin el desarrollo de la tecnología P2P, Internet no avanza. Más tiempo y recursos tendrían que utilizar los “corbatas” de las compañías multinacionales para actualizar su modelo de negocio, y mejorar sus contenidos, en vez de meterse en cruzadas que en lo que significan realmente, no van a poder ganar nunca, porque aunque no se lo crean, el usuario siempre tiene la última palabra.

Gracias a Hugo por darme el aviso de la situación de Pablo Soto.

Homenaje personal a las víctimas del conflicto de Gaza

Lo escribí hace bastante tiempo, pero en estos tiempos que corren me apetecía publicarlo para todos los que pasáis por este blog, aunque rompa totalmente la temática del mismo por un momento. Es un homenaje a las víctimas del conflicto de Gaza y a los que, sin pistolas, van a ayudar a los más desfavorecidos golpeados por una guerra estúpida.

La ventana se abrió. Lentamente dejó que su mano izquierda se asomase por ella. Corría cierta brisa típica de los despertares más idílicos, y sus dedos parecían bucear por el infinito. Abrió un ojo y después el otro. Había nubes que amenazaban la paz del cielo. No era tan idílico como había creído por mucho que se empeñaran algunos poetas románticos el describir las terribles tormentas y los rayos amenazantes como odas a la desesperanza por el amor perdido. A él le parecían días pesados, tristes, con cierto grado de melancolía que hacía de cada movimiento un eterno crispar de agujas sobre su piel. Sin embargo debía levantarse de aquella mullida cama. Menudo tormento. El piso estaba frío, no le costó mucho tiempo llegar a las zapatillas. La cocina desprendía aromas entremezclados de zumo y café. Siempre había preferido el oro negro brasileño, no solo le despertaba los sentidos, sino que su poderoso sabor le había encantado desde que de pequeño probó, casi a hurtadillas, un caramelo de café con leche que su madre llevaba guardado en su bolso.
Saludó a María. Un beso, un “¿Has dormido bien?”, a penas un cruce de miradas. María tenía malhumor al despertar. Su hermana poseía un carácter dulce y amable, pero las mañanas…, las mañanas mejor estar lejos de ella. Sin embargo, él no podía dejar de mostrar aquella típica sonrisa del que ha sido bendecido por Morfeo con unos sueños placenteros, que si bien no recordaba, le habían dejado un regusto a felicidad que aún no había olvidado. Una cucharilla, el azúcar en su taza gris, y un bollo eran los compañeros de su primer café desde su regreso a casa. Parecía que había pasado una eternidad desde que marchó con una maleta repleta de ilusión y un poco de ropa ha su viaje más anhelado. Pero los meses corren más de lo que muchas veces creemos y los veranos en Gaza no son menos salvajes que su tragedia política y social. Se miró por un momento las manos. Las tenía todavía magulladas. Al terminar el desayuno tendría que ir a por el botiquín, le dolía una herida que se produjo manipulando precisamente eso, un botiquín de latón. Cuántos habrían hecho falta para si quiera llegar a curar las miles de heridas que pudo contemplar en los endebles cuerpos de niños, ancianos, hombres y mujeres que no tenían la suerte de, como él aquella gélida mañana, disfrutar de una taza de café con su malhumorada hermana. Se acordó de todos aquellos a los que prestó su humilde ayuda, dejó de sonreír. Curioso el cerebro humano. Es algo extraño la forma que tiene de procesar y guardar la información de nuestra vida, de las cosas que nos pasan, de las situaciones que vivimos. Dicen que guardamos en él una especie de borrado automático de lo que no aceptamos. Memoria selectiva, recuerda la llamaron una vez. Es la manera en que nuestra mente nos protege, en la que intenta proporcionarnos una felicidad en forma de recuerdos que, como si fuera una mágica escoba, fuera eliminando los malos ratos, las imágenes que nos atormentan, los sonidos ruines de una estúpida guerra, de una batalla inapropiada para la decencia. Pero no todo es perfecto, tampoco nuestro cerebro, aunque todo es discutible, ya que sin esos malos ratos vividos, no tendríamos consciencia de lo que es bueno, de lo que es malo, de lo que debemos hacer o no hacer, del alma humana, en sus dos vertientes.
Qué extraño es haber despertado hoy en casa. Su cama, tan alejada de aquella especie de camastro sin lujo en el que pasó tantas noches de insomnio. Las delicadas sábanas que le protegían de un inexistente frío, la soledad de no compartir el oxígeno más que con una pequeña planta que María cultivaba hacía un par de meses. El silencio. Era algo extraño. La guerra era algo extraño. Pero no tenía ni cuerpo ni cabeza para plantearse soluciones a los conflictos mundiales, al menos no con la inquisitiva mirada de María clavada en su nuca al derramar mermelada en el mantel. Qué curioso. Volvió a esbozar una tímida y traviesa sonrisa. Hoy estaba en casa, dentro de dos semanas ya no. El dolor causado por ejércitos de bárbaros era algo tan grande como la reacción humanitaria de las personas que como él, sin pistolas en los bolsillos intentaban paliar esos destrozos humanos que iban dejando a su paso los carros de combate. El silbar de cada bomba dejaba muerte y destrucción pero también daba paso a un río de solidaridad que enfurecido por la injusticia de la guerra intentaba dar luz en donde solo había sombras.

Aquello tenía que acabar. Sabía que terminaría tarde o temprano, que su lucha, la verdadera lucha de unos pocos seres humanos en pro de otros haría que finalizara aquel absurdo y asqueroso conflicto creado por poderosos y adinerados burgueses de las altas esferas políticas. Y una mañana cualquiera, alguien en Gaza levantará su mano y abriendo la ventana con un leve gesto de muñeca, notará los primeros rayos de sol en su cuarteada piel por trabajar duramente. Correrá a reunirse con su familia para besar a su mujer y abrazar a sus hijos que ríen mientras comen los primeros alimentos del día. Y recuerdorá que aquella noche que ya dejó atrás, solo estuvo acompañado de una cómoda cama, el cuerpo desnudo de su mujer y del anhelado silencio.